viernes, 23 de julio de 2010

REMY 1

REMY

La mañana estaba fresca y el sol brillaba brindándonos una nueva esperanza. Era un día como cualquier otro. Tomé algunos documentos administrativos, el lugar era pequeño pero agradable y fresco.
Cuando levanté la mirada, frente a mí estaba parada una mujer de unos cincuenta o cincuenta y cinco años aproximadamente, se veía triste, mal trajeada, descalza, con una falda larga, floreada muy descolorida por los años de uso. La falda estaba vieja y del mismo modo una blusa azul antigua. Llevaba colgada desde la cabeza hasta la cintura una bolsa tejida con malla y rafia de color amarillo y negro que a gritos pedía su cambio.
Su cabello salpicado de canas. Tenía el pelo ensortijado, debió haber sido una mujer muy hermosa. Su piel parecía dura, reseca, enrojecida por los maltratos sufridos, pero algo tenía aquel rostro envejecido, esa belleza descuidada. Entonces me dijo – Cómprame esto - Yo la miré y respondí muy tajante.
– No, ¡No todavía! ¡No!
Su súplica fue tan conmovedora con una voz dulce y triste que me estremeció fuertemente, sentí algo raro en su mirada y su actitud.
- ¿No quieres? ¿O sí? Volvió a preguntarme. La verdad, esa voz me cautivó y como para llamar aún más mi atención me repitió dos veces. A pesar de ello le dije
- ¡No! ¡No quiero!, ¡No por favor! otro día.
Algo me impedía comprarle. La miré desconfiada, pero la invité a pasar y sentarse en una silla que le pareció muy cómoda. Suspiró fuerte y profundamente, como aliviándose de sus pesares. Le pregunté:
- ¿Cuál es tu nombre?
- Remigia dijo sin mucho agrado.
Su nombre realmente era Remigia, pero como no le agradaba, prefería que lo llamaran Remy.
Conversamos como dos grandes amigas que se encuentra después de mucho tiempo, me contó parte de su vida, la verdad su experiencia no era nada grata.
Remy había nacido en un pueblecito muy pequeño del departamento de Moquegua, lugar que ya ni recuerda, por el tiempo transcurrido. A la edad de 06 años salió de su pueblo natal con una tía, que lo trajo al oriente peruano, específicamente a la ciudad de Tingo María. Su madre falleció muy joven, de sobreparto al dar a luz a su tercer hermano, a pesar de todos los esfuerzos realizados no pudo sobrevivir.
Su padre, un hombre rudo, tosco, quien trabajaba como pescador maltrataba mucho a su madre y la hacía padecer hambre, frío, y sobre todo falta de amor. Creo, que hasta la “engañaba” con una de mis tías dijo con la voz entre cortada por las lágrimas que humedecían sus mejillas.
Te cuento dijo: Lo cierto era que mi padre, Ya tenía una amante. Y cuando los hombres o muchos de ellos “sacan los pies del plato” o empiezan a “engañar” a sus esposas les falta la plata y se aburren de los hijos. La esposa es un estorbo y empiezan miles de problemas.
Pero qué terrible fue mi niñez, dijo suspirando con gran nostalgia. Desde que murió mi madre; desde aquel día que me alejé de mi padre y mis hermanos todo ha sido un clavario para mí. No sé si aún viven o ya están muertos no sé nada de ellos.
Salí de mi pequeño pueblito con una señora blanca, alta, de ojos impactantes, de contextura gruesa. Tenía un aire de pretenciosa, orgullosa, soberbia y creída. Le había prometido a mi padre darme educación, cuidarme y protegerme como a una hija. Mi padre no pudo desistir aquella oferta hecha, no le importó mi opinión y me dejo ir con ella.
Mi padre era un hombre irresponsable, mujeriego, borracho no tuvo la capacidad y la fortaleza suficiente para cuidarnos y protegernos a todos, lo primero que hizo fue pensar en lo más fácil, deshacerse de “sus estorbos”, sin importarle nuestras vidas y nuestras penas. Agregó con la voz resquebrajada.
- “Remy, hija vaya con la tía Clara, ella no tiene hija mujer, te va a cuidar y querer como a una hija, así me ha prometido”.
No sabía en aquel entonces las intenciones de la tía Clara. Nadie nos trata como una madre, todos quieren humillarnos, explotarnos, hacer que ellos sean grandes y tú siempre fiel a su servicio. Sin reprocharles nada, pues los huérfanos somos poca cosa, condenados al servicio y la falta de amor de aquellos hombres y mujeres insensibles y tiranos.
Agregó con mayor resentimiento que antes mojándose sus labios resecos y continuó.
La tía Clara tenía dos hijos de 14 y 16 años. Una hijastra de 18 años y un bebé de 01 año. Ella me llevó con engaños, con el firme propósito que le ayudara a criar a su bebé. El pequeño era un niño llorón y no podía cargarlo, era gordito, muy pesado, mis fuerzas no era suficiente para levantarlo.
A jalones de pelos y gritones me obligaban a que lo cuide y juegue con él. Cuando lloraba por cualquier cosa yo era la responsable y creían que le pegaba y me insultaban.
- ¡Imbécil! “Ni para eso sirves”- me decían sus hijos mayores, incluso la Tía Clara, que de tía no tenía nada más que el nombre.
Muchas veces quise regresar donde mi papá. Abrigaba las esperanzas que de cualquier manera, él vendría a verme, buscarme o saber de mí.
Mi espera fue en vano…nunca llegó. En una oportunidad le pedí a la tía Clara que me lleve donde mi papá, pero ella no quiso, muy por el contrario me trató aún mucho más indiferente que antes.
Lloraba todas las noches añorando a mi madre. Ahogaba mi llanto escondida bajo las frazadas para que no se dieran cuenta, porque nadie entendía mi sufrimiento y mi dolor. Se burlaban de mí, me hacían muecas,… Cuando recuerdo todo aquello siento ganas de matarla, esa tipa soberbia y mala; que por un plato miserable; maltrataba mi ser, mi vida, mi cuerpo. Envenenaba mi mente… ¡Cuánto la odio!
Así pasé cuatro años añorando ese gran amor de madre y de regresar a mi pueblito querido. Donde el sol brillaba todos los días con el amor de una madre. A pesar de la falta de dinero y de las peleas de mis padres todo sabía diferente, había una mujer bondadosa, que preparaba de cualquier manera los alimentos. Los frijoles y el pescado frito eran muy económicos pero muy sabrosos, cuando recuerdo todo aquello ¡Mil veces hubiera preferido morir y estar enterrada junto a mi madre!
Aquel día, ella fue depositada en ese hueco oscuro y profundo, sin imaginar ni sentir el destino de su triste y pobre hija que vive día a día añorándola.
Cierto día fue peor aún, cuando estaba saliendo de la ducha y la casa estaba silenciosa.
Tony el hijo menor de la “familia” me quitó la toalla. Yo estaba avergonzada quise gritar pero no pude, sólo corrí desesperada a mi cuarto a cubrirme con algo, mientras él se reía burlonamente y me decía:
- “¡Ven! Remy ¡Ven! Remy. No te haré daño. ¡ven, por favor!“
Aquella vez no entendí sus pretensiones, pensé que simplemente quería avergonzarme y burlarse de mí, pero después de varios intentos similares una tarde, todos salieron de casa, yo no salí, pues tenía que hacer mis tareas y Tony tampoco salió porque le encargaron que cuide la casa.
Aquel día fue terrible, él intentó abusar de mí. Una vez más me había quitado la toalla y me perseguía por la sala, la cocina,…
No sabía como llegar a mi cuarto porque él sabía que si llegaba a mi cuarto estaría a salvo.
Entonces de repente ¡Gracias a Dios! Sonó el teléfono insistentemente y él tuvo que ir a contestar, era su madre quién le pedía que anotara algo, porque me dijo:
- ¡Remy pásame un lapicero! - No le hice caso, tiempo que aproveché para coger algo para cubrirme y salir “volando” de aquella casa y no volver jamás.
Sin saber qué hacer, ni a dónde ir, caminé algunas cuadras, atravesé la plaza de armas, caminé por la avenida principal de la ciudad sin rumbo, hasta que llegué frente a un viejo y grueso árbol. Cansada y sedienta por el fuerte calor del sol que brillaba en el cielo despejado, me senté bajo el árbol y me quedé dormida, al despertar miré a todos lados asustada, pues la oscuridad era total, estaba todo oscuro y tuve miedo.
Miré desesperadamente a todos lados, para pedir ayuda a alguien o que por lo menos me dijera la hora.
Las calles estaban casi vacías.
¡Dios mío! ¿A dónde voy? Dije mirando al cielo. Estoy sola en medio de la calle como una piedra tirada en el camino, a quien atropellan y patean. ¿Qué hago?
Como a diez metros una señora delgada, con polleras multicolores, con un bebé en los brazos estaba sentada Me acerqué recelosa, le pregunté la hora y ella me dijo son las 8:00 p.m. - ¡Ocho de la noche! ¡Dios mío! Exclamé con una voz entre cortada y de desesperación por el temor y la oscuridad.
La señora me preguntó:
- ¿Qué pasa? ¿Por qué dormiste bajo el árbol? ¿Qué haces en este lugar?
- Mi mamá murió… cuando tenía 06 años y vivo con una señora, a quién le digo tía, pero es mala me pega mucho. Es más su hijo… quiso abusar de mí.
La señora me miró tiernamente
– ¿Te has escapado?
– Sí, le dije.
– Si quieres ven conmigo, a las 8:45 p.m. sale mi carro a Pucallpa, yo vivo allá. Tengo un pequeño quiosco, donde vendo comida.
Sin esperar más le dije que sí.
– Esta bien, vamos., aseveré moviendo la cabeza de arriba hacia abajo.
Y sin planear mi futuro, ahora estaba con otro rumbo.
Deje la escuela, 4to de primaria y en tres días todo era diferente, estaba en un lugar jamás imaginado.
La señora era mucho más cariñosa y amable que la tía Clara, tenía únicamente a su bebé, era madre soltera, de vez en cuando la visitaba su mamá.
Su madre, una anciana muy renegona, gritona, todo le aburría en la vida. Nunca estaba contenta con nada, sufría con algunas enfermedades o “achaques” de su edad, la verdad, la doña era terrible, le tenía miedo y siempre la ignoraba, de todos modos me acostumbre y así viví con ellas cinco años, no regresé al colegio, le ayudaba en su negocio hasta que conocí a Teo.
Teo era un joven de 17 años que trabajaba en una mecánica enfrente del quiosco, y todas las tardes venía a comer pescado “palometa o boquichico” frito con yuca y ensalada de col…
Desde la primera vez que lo vi, me atraparon sus ojos, su manera de sonreír, parece que él también sentía lo mismo que yo; pero como sabía que aún era muy chiquilla no se atrevía a decirme nada.
Cuando cumplí 15 años, la señora me preparó una torta y llevó al quiosco para compartir con los clientes.
Cerca a las 7:00 de la noche cuando la gran mayoría de los clientes estaban terminando su cena, dijo a quienes estaban allí.
- ¡Hoy es el cumpleaños de Remy! ¡Cumple quince años!
Entonces todos se levantaron y empezaron a cantar.
- “Happy birthday to you…”
También estaba Teo, con una sonrisa de felicidad. Luego de ello, la “Doñita” que así, a veces la llamaban por ser tan bondadosa, fue a prender la radio grabadora y colocó unos cassettes con música a todo volumen para que todos los que estuvieran allí bailaran.
Inició el baile la “Doñita” con uno de los clientes, un gordito bigotón de cabellos negros ensortijados, que siempre le traía regalitos y la enamoraba; diciéndole que su comida era ¡sabrosa y riiiiica!, era un coqueto y tenía traza de “Don Juan”, por eso ella nunca le tomaba en serio.
Luego éste hombre me sacó a mi por ser la cumpleañera y de esta manera empezamos todos a bailar; pero lo más emocionante para mí fue cuando Teo me invitó a bailar.
Yo estaba esperando ese momento y me sentí tan feliz que acepté con gusto, todos aplaudieron como si supieran que algo sucedía entre nosotros o dentro de mi atolondrado corazón.
Estaba enamorada de él me enloquecía su mirada y al parecer él también sentía algo por mí. Después de aquello bailamos muchas veces, casi hasta las cuatro de la mañana. Fue inolvidable.
Desde aquella noche empecé a salir con Teo, me invitaba a pasear por el parque, algunas veces salíamos a comer fuera de la ciudad, caminábamos tomados de la mano, por Yarinacocha, una zona turística muy concurrida; por las orillas del río Ucayali y otros lugares aledaños. Todos aquellos lugares que visité en compañía de Teo eran hermosos, no sé si por lo bello que son o por la compañía. Constantemente nos sentábamos frente a la puesta del sol, nos mirábamos fijamente como descubriendo una nueva aventura.
Durante 02 años, dos años que fueron los más emocionantes y maravillosos de mi vida, como dos seres únicos en la tierra.
Cierto día, con voz de gran ternura e intensidad me dijo
- “cásate conmigo”.
Esa frase llegó hasta lo más profundo de mi corazón, yo no sabía qué decir, ni qué responderle, lo único que dije fue ¡sí! ¡No sé! él no me dejó hablar más. Me tomó con sus brazos fuertes y cálidos; me atrajo hacía su pecho. Su corazón también latía fuertemente y por primera vez empezó a besarme y acariciarme.
Nunca antes había sentido una especie de calor y cosquilleo en todo el cuerpo y me dejé arrastras por sus besos y sus caricias, que me dejaron sin fuerzas para decir ¿Qué te pasa? ¡Basta! O algo así.
No pude hablar ni rechazarlo. Estábamos solos, los dos caímos en la más dulce pasión y por primera vez en mi vida sentí el amor, me entregué a él desesperadamente sin pensar en nada ni nadie.
Desde aquel día lo hacíamos casi siempre, eran tan hermosas sus palabras, llenas de promesas hasta que salí… embarazada.
La emoción y la felicidad de haber sentido el paraíso y la gloria me duró muy poco.
Cuando le dije – “¡Tengo una semana de retraso, no me viene mi menstruación!”
- ¡Qué! Gritó, como si algo terrible hubiese explotado.
Él se sonrojó, me miró con ira, parecía que de sus ojos brotaban chispas de fuego.
- ¿Pero, tú no te cuidas? Me dijo con desagrado y desprecio.
- ¿Qué es eso de cuidarse? Pues la verdad no se cómo hacerlo
- ¡Eres una quedada! ¡Una pueblerina anticuada! Hay pastillas, ampollas, tantas cosas mas; eso deberías saber.
Al oír todo esto sentí un estrago en el estómago, sentí palidecer, me quedé como una estatua sin saber que decir. Todo mi mundo de ilusiones y de sueños hermosos se derrumbó sin piedad ante mis pies; me pregunté ¿Cómo era posible que aquel ser que tenía sus ojos preciosos y la mirada más tierna estaba hablando así?
¡Tan frívolo!
¡Despreciable!
Si hasta me había dicho:
“¡cásate conmigo!”.
Esas palabras que me habían hecho viajar a un mundo de felicidad y fantasía. Hoy no sabía qué decir, ni que pensar ni nada de nada.
Me quedé muda y desde lo más profundo de mí, solo mis lágrimas salieron y rodaron por mis mejillas; pero ni siquiera eso le conmovió, ni pena sintió; hasta parece que le llenó de más ira, odio y coraje. Levantó la voz con mayor fuerza y gritó:
- ¡A mí no me vas a atrapar de esa manera!
- ¡Con un hijo!
¿Crees que voy a malograr mi vida por un escuincle y una pobre sirvienta como tú, que no tiene donde caerse muerta?
¡No me vengas con lagrimitas!
¡Toma s/.100 soles!
¡Lárgate y soluciona tus problemas!
¡Yo, no te conozco!
¡Y cuidadito con decirle a alguien que, ese hijo es mío!
¡No voy a malograr mi vida por un hijo! Y si eres inteligente y quieres que te siga viendo.
¡Vótalo!
Y luego me buscas, podemos pasarlo mejor
¡Si quieres!
No podía entender ¿Por qué estaba actuando así? ¿De que estaba hecho este hombre? ¿Qué tenía dentro de sí? No quise seguir escuchándolo, miré a mi alrededor. La noche se acercaba con un manto tan negro como mi alma y mi horizonte.
La gente caminaba apresuradamente, otros guardando sus cosas para cerrar los puestos de sus negocios y yo ahí sintiéndome ahora la mujer más infeliz del mundo la aborrecida, la despreciada, la muerta en vida.
Perdiendo el único y gran amor de mi vida, aquel muchacho simpático, de ojos tiernos y manos maravillosas. Despedazándome de a pedacitos, triturando mis entrañas y junto a todo esto también a su hijo, mi hijo…
Frente a sus palabras bombardeantes y su mirada diabólica que dinamitaba mi ser; y al no poder soportar más…
Salí de aquel lugar corriendo por la avenida principal a refugiarme en cualquier lugar. Corrí sin rumbo fijo, solo quería que el viento me arrastrara o el agua me llevara.
Había empezado a llover, mis lágrimas ahora se confundían con la lluvia. Que, más que agua parecía sangre lo que cubría mi rostro, mis ropas y mi cuerpo; estaba completamente destrozada.
Llegué muy fatigada sin ganas de nada a la orilla de un riachuelo. Deje caer mi débil, maltratado y moribundo cuerpo, cual hoja seca que arrastra el viento presa del tiempo, la angustia y el dolor.
Clamé al cielo
¡Compasión!
¡Piedad!
¡Grité!
Y ¡Grité…!
En la inmensidad de la noche al vacío total, como nunca antes lo había hecho, un grito de dolor, de muerte, de hambre, de vacío, de horror. ..
¡Que hice en esta vida! para merecer tanto desprecio.
¿Por qué a mí? ¿Por qué…?
Me pregunté sin encontrar respuesta. La soledad me invadió, descargué mi impotencia, mi pena y dolor con toda furia contra el piso, las piedras, la arena, no sabía lo que hacía, solo quería descargas mis frustraciones y lamentos con aquellos que no tenía ni sabían el motivo.
Cuando abrí mis ojos y miré sollozante, mis manos estaban ensangrentadas por los golpes que había descargado y propinado a cuanto había en aquel lugar.
Oprimiendo y golpeando las piedras, la arena y el barro arcilloso fuertemente como si fueran los culpables de tanto dolor y sufrimiento. Al matiz de la noche sentí una mezcla sombría de frustración, alegría y muerte.
Dolor ¡Qué dolor!
¿Qué es aquello que aprisiona mi pecho con tanta fuerza?
¿Cuál es más fuerte? Me pregunté.
¿El dolor físico o el dolor del alma?
Entonces como embrutecida por el engaño, la traición y el desamor; quise saber cuál era más doloroso.
En ese instante creí que todo estaba escrito, era mi destino.
Abrí lentamente mis manos para implorar compasión a ese altísimo que me abandonó por no respetar sus mandamientos.
¡OH, Dios!
¿Qué hice para merecer esto?
La sangre manchaba las piedras, la arena y el barro arcilloso pero no sentía dolor y no sabía de donde salía.
A la luz de la luna llena logré ver en medio de todo ello un pedazo de hoja de afeitar que con la desesperación y la angustia al presionar con tanta fuerza me había cortado ligeramente mi dedo meñique.
Mi carne ahora, se veía fresca la sangre seguía manando.
Cuando toque la herida sentí un pequeño dolor no era nada comparado con el dolor que sentía en mi pecho, en mi mente al recordar las palabras de aquel muchacho, de ojos que enloquecen y atrapan para siempre…
Después de mirar aquella herida abierta y cómo mi sangre se deslizaba por aquel riachuelo bajo los reflejos de la enorme luna llena que iluminaba aquel ambiente tenebroso e inocente ante las circunstancias, ya que aparentemente todo era hermoso y bello con el brillo de la luna celestial.
Sin pensarlo dos veces decidí hacerme daño, matarme lentamente; pues en mi mente se repetían aquellas frases:
- “¡Cásate conmigo!”
- “¡Crees que voy a malograr mi vida, por un escuincle y una pobre sirvienta que no tiene donde caerse muerta!”
- “¡No me vengas con lagrimitas!”
- “¡Toma s/. 100 soles!”
- “¡Lárgate y soluciona tus problemas!”
- ¡Si… quieres!
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza, enloquecí y sin poder controlar mi furia…
Introduje la hoja de afeitar a mi piel blanca que parecía de una diosa. La hoja de afeitar estaba con oxido, rota, sucia y doblada. Al introducir aquel objeto asesino sentí una mezcla de placer y no de dolor solo quería desaparecer de la faz de la tierra. Quería sentir también el dolor físico como los jalones de pelo, los golpes… pero nada, no sentía dolor en la piel.
Entonces busqué otro lugar mas delicado, la punta del dedo anular es más sensible dije y nada. Únicamente la sangre salía con tanta fuerza. Vino a mi mente la terrible idea de destrozar mi cuerpo pedazo a pedazo y empecé a cortar mis dedos y brazos pedacito a pedacito tajándolos como cuando ayuda a la “doñita” en su quiosco a filetear el pescado “palometa o boquichico” antes de freírlos.
Mis ojos ya no tenían lágrimas, ahora salía por cada tajo de mi piel mezclada con la sangre; al mismo tiempo que salía la sangre empecé a sentir un inmenso placer que me hizo sentir en otro mundo, pues el dolor del alma se desvanecía y la tranquilidad llegaba a mi cuerpo como un bálsamo que da paz y. alivia
En aquella orilla me prometí, que jamás me volvería a enamorar y que a partir de entonces todo cambiaría. Entre las piedras duras; la arena fina; el barro arcilloso; el agua fría y manchada con mi sangre impura; la soledad y la inmensa luna llena me quedé dormida.
Al despertar, sentí un escalofrío. Mi cuerpo se estremeció con el olor desconocido que había en aquel ambiente nunca antes visto.
¡Mis manos y mis pies! No pude levantarlos con facilidad.
Tenía las manos y los pies vendados, con unas vendas gruesas, muy blancas y fuertes. Me cubrían desde los codos y las rodillas hasta la punta de mis dedos.
¿Dónde estoy?
Exclamé en vano, un silencio total se sentía después de mis gritos.
El ambiente era limpio, dos candelabros, las paredes pintadas elegantemente, una ventana enorme, las cortinas de color verde oscuro, los cuadros y las mayólicas en el piso, todo era extraño, no sabía donde estaba.
¡Es un hospital! Murmuré.
¿Un hospital o una iglesia? Me interrogué, ya que en la pared también estaba colgado un cuadro muy grande del Señor de los Milagros.
Miré hacia abajo y vi una mesita con otro candelabro de color amarillo y una vela encendida. También había una silla de modelo antiguo, todo me hacía pensar que era un hospital o una iglesia.
Quise levantarme para averiguar dónde estaba y por qué estaba aquí, pero no pude, por más esfuerzos que hice no pude levantarme.
Mis brazos y mis pies me dolían demasiado, mi cabeza estaba adormecida, tenía sed, mis labios estaban secos, la garganta me dolía, no podía pasar la saliva, realmente me dolía todo el cuerpo, ahora el dolor era insoportable.
Tal vez estoy soñando, pensé, pero no, estaba ya bien despierta, ahora sí sentía mucho dolor físico que no me permitía ni siquiera moverme con facilidad.
Traté de recordar lo que pasó.
¿Por qué estoy acá?
¿Quién me trajo?
¿Cómo llegué?
Pregunté en voz alta. En vano. Nadie respondió. La cama de sábanas blancas muy limpias como nunca antes había usado era muy cómoda pero angosta.
Entonces, recordé algunas cosas de lo sucedido, pero, no entendía aún por qué estaba allí.
¿Cómo no sentí cuando me trajeron?
¿Qué pasó?
¿Quién me trajo?
¿Quién vendó mis manos?
¿Por qué siento un dolor terrible en todo el cuerpo?
¿Acaso, alguien me pegó o maltrató?
Tenía muchas interrogantes, quería que alguien respondiera a mis preguntas pero no había al parecer nadie me sentí sola.
Tenía ganas de ir al baño, como hago para levantarme pensé.
La verdad, no podía levantarme y no quería ni moverme por los dolores fuertes que ahora sí sentía en todo el cuerpo; entonces esforzándome por la necesidad grité una vez más con todas mis fuerzas.
¡Por favor alguien puede ayudarme!
Al gritar sentí un dolor intenso, mi vientre estaba adolorido y me inundó una sensación de pánico y un frío hasta los huesos. Me callé porque parecía completamente destrozada.
Todo mi cuerpo estaba tan débil.
Al dejar mis dedos cortados y mis manos completamente lastimadas, me había desangrado al punto de desmayarme y perder el conocimiento. No sé cuánto tiempo estuve así.
Al lado de aquel riachuelo.
Muy cerca de la orilla había una casita muy graciosa, que no vi la noche anterior.
Allí, vivía una anciana que muy temprano cada mañana salía a lavarse, peinarse y sacar un poco de agua para cocinar sus alimentos.
Me encontró tirada sobre el pedregal a la orilla del riachuelo testigo de mi dolor, con la ropa ensangrentada y el cuerpo lastimado.
En la arena y las piedras la sangre estaba cuajada mostrando un panorama tétrico y macabro.
La viejecita al verme dice se asustó y gritó desesperadamente, llamando a su hija, quien había llegado de viaje unos días antes.
Al escuchar los gritos de espanto de su madre ella salió presurosa, casi desvestida rápidamente para ver que sucedía, por qué gritaba de tal manera su madre.
Cuando se acercaron con mucho cuidad escucharon un débil gemido.
- ¡Está viva! gritó la madre.
- ¡Si! Replicó la hija.
Ellas empezaron a pensar en muchas cosas, tal vez que me violaron o torturaron y luego me arrojaron aquí.
Por sus mentes pasaron una y mil imaginaciones más, pero no se detuvieron en esas interrogantes y decidieron llevarme a un hospital y que me vea un médico. Después de intervenirme y atenderme. ..
Mas tarde el médico prescribió, cortes múltiples con objeto cortante o arma blanca, hemorragia, anemia, etc.,
Todo era una calamidad, la señora y su hija, se compadecieron de mí. Pagaron la atención, los cuidados, me pusieron en observación hasta que reaccioné.
Mejor no hubiera reaccionado y vuelto a la vida, pues cuando me contaron todo lo sucedido empecé a gritar como un loca enjaulada y nuevamente perdí la razón de vivir y volvió a mí el dolor intenso desde lo profundo de mi ser, de donde no sé si existe.
Empecé a jalarme de los pelos, a sacarme las vendas y destrozar todo lo que el doctor me había curado y a querer correr nuevamente a aquella orilla a seguir muriendo.
Para colmo de males, ahora había perdido a mi bebé. Aquel ser tan pequeñito que de todos modos era el fruto de mi amor puro e inocente.
Ya mi vida no tenía sentido de solo pensar en los hechos y las palabras que bombardeaban mi mente, todo nuevamente empezaban a caerse en mil pedazos…
¡Quiero morir!
¡Quiero morir!
¡Si!
¡Mátenme!
Y ¡Si, mi vida no vale nada!
¡Quiero morir!
¡No quiero vivir!
¡Quiero encontrarme con mi madre!
¡Madre ven, protégeme!
¡Maaamaaa!
¡No me dejes!
¡Ya sufrí mu…chooo!
¡ Veeeen!!!
No había otra forma de explotar.
Me sentía tan mal.
Con el único deseo de morir.
Todos me miraron aterrados, sin saber qué hacer, ni qué decir, pero la viejecita de cabello cano, con una dulce sonrisa y sus ojos que parecían de ángel me miró con mucha ternura y con una voz mágica. Trato de calmar mi dolor:
“¡No hija!
¡No grites así!
¡No te desesperes!
¡Eres aún una mujer muy joven y bonita!
¡Ven!
¡Ven! A mi pecho yo te voy a cuidar te voy a proteger”.
Esas palabras invadieron mi ser, como un rayo de luz que ilumina la oscuridad, esa palabra “HIJA”, que no había escuchado por muchos años me llenó de esperanza y sentí un calor inmenso que me emocionó tanto.
Me recosté en el pecho de aquella anciana que estaba sustituyendo a mi tan añorada madre y sentí un gran alivio, una tremenda paz interior, deje de llorar.
Calmé mi llanto y mis gritos, no quise saber ni decir nada más.
Me acurruqué con mayor fuerza en el pecho de la viejecita que ahora, reemplazaba a mi madre y llenaba ese inmenso vacío que había dejado en mí cuando murió. Ese ser maravilloso y abnegado que tanta falta me hacía.
Como un bebé buscando el calor de su madre, sin saber siquiera quien era aquella anciana y sobre todo quien era aquella hija suya, bien vestida y coqueta me quedé dormida.
Volví a confiar una vez más, en dos desconocidas, pero que de alguna forma me inspiraban un poco de confianza y sobre todo su cariño.
Después de aquel día de dolor y tristeza confundidos entre la emoción, la felicidad y la esperanza, que más tarde se convertiría en algo peor, y jamás imaginado. .. abrigué un sueño mejor.
Ya me voy! ¡Otro día te cuento más! Me dijo.
Aquella mujer que ahora deambula por calles y plazas implorando unos centavos a cambio de alguno de sus productos, que ofrece con mucha delicadeza y una voz dulce.
- Un poco más ¡Por favor! Media hora más y luego te vas. ¡Por favor! supliqué
Ella sonrió un poco y me dijo está bien.
- ¿Cómo te recuperaste? Le interrogué, al mismo tiempo que le alcanzaba un vaso con gaseosa, que me recibió con bastante rapidez para inmediatamente llevárselo a la boca.
- El proceso de mi recuperación fue lenta, demoré casi seis meses en recuperarme, desde aquel episodio triste y trágico.
Me recuperé de las heridas físicas pero… las heridas del alma aún siguen latentes y no quieren cicatrizar, a pesar que he intentado olvidarlo y desterrarlo de mi mente muchas veces no logro olvidar.
Es muy duro, muy fuerte, sigue sangrando.
Los doctores curaban mis heridas con mucho cuidado, se admiraban cada vez que me observaban. De solo pensar en cómo pude ser capaz de lastimarme de tal manera, tan despiadadamente.
Las palabras del médico un profesional muy delicado y amable, aún suenan en mis oídos, como que fuera ayer, diciendo que nunca antes había visto un caso parecido o similar. Era la primera vez este tipo de atentado contra una joven tan linda como yo. No merecía sufrir de tal forma hasta el punto de convertirme en mi propio verdugo.
Los dolores físicos cesaron, hoy incluso mis heridas causadas por la hoja de afeitar toda sucia y oxidada cicatrizaron, pero quedan las cicatrices y las huellas del daño frente a mis ojos, y el dolor en el pecho y la mente aún laten haciéndome derramar de vez en cuando algunas lágrimas.
En esos instantes…
Ella se Calló y sus ojos marrones claros se llenaron de lágrimas que también a mí me hizo sentir una gran nostalgia.
Lloró muy amargamente.
La consolé. - Quiero seguir contándote, dijo. Me hace bien hablar con alguien y tú me inspiras confianza agregó, secándose las lágrimas con la falda envejecida por los años, así que, al ver esto, inmediatamente le alcance un pedazo de papel higiénico.
Después de suspirar con dolor y consuelo… Continuó: -Quise odiar a aquel hombre, pero no puedo dijo con su voz aún débil. Mis sentimientos son aún más fuertes que yo. - Cierto día, cuando ya estaba recuperada caminando lentamente y ayudando en los quehaceres de la casa. Magnolia, que así se llamaba la hija de la generosa anciana, me dijo sonriente, con su cara bien maquillada y unos ojos grandes que lucían hermosos con sus pestañas muy rizadas, toda coqueta:
- ¡Remy! Así que “Remy” ¿Por qué querías morir?
- Nunca quise morir, dije.
- Pero, lo que hiciste es más que un suicidio, ella me contestó irónica. Es más, asesinaste a tu propio hijo o hija, eso es un pecado.
- ¿Pecado?
¡Dios mío!
¡No sigas! Por favor
¡No sigas! Grité.
Pues el recuerdo me lastima mucho y no quiero hablar más de ello le pedí entre sollozos, pero ella cual “cobra venenosa”, empezó a sembrar en mi corazón las malezas más terribles y dañinas y continuó muy calculadora:
- ¡Hay! Remy.
Para empezar tu nombre es una desgracia
“Remy” es nombre de pobretonas, de derrotadas, de penas y dolores, por eso estás así; derrotada, sin rumbo.
“ ¡Soledad!” sería mejor y ¡Sola! llegarás lejos, así que a partir de ahora serás “¡Soledad”, sí ¡Soledad!
- ¡Soledad! Repetí mirándola fijamente.
- ¡Sí! “Soledad”. Soledad es un nombre de reinas y de chulas, pues tú eres muy bonita, más que bonita ¡Eres hermosa! tienes tu piel como la nieve blanquita, tus mejillas rosaditas, tus ojos marrones claros, tus labios dulces e inocentes y sobre todo tu cabello ensortijado y negrito. Toda tú, eres una maravilla, dijo sonriendo sarcásticamente.
“¡Soledad!”
¡Serás la reina de todas!
Hasta ese momento no entendía sus propósitos para conmigo, pero su forma de hablar con mucha euforia, convencimiento y seguridad me transportaron a un mundo mágico.
Empecé a imaginar Un palacio grande y hermoso, como en los cuentos de hadas. Toda una gran reina al lado del rey muy guapo y bien elegante, pero con sus ojos como el de mi Teo adorado. Rodeada de muchos lujos, caballos de pura sangre, sirvientes, además el príncipe y la princesa; ¡Que alegría y felicidad! Sentía soñando despierta. De repente un grito fuerte:
– ¡Soledad!
Escucha, la vida no es color de rosa, la vida es buena para quién sabe vivirla, pues imagino que sueñas con cosas mágicas e ideales, sueños fantásticos; pero te repito eso es fantasía.
Estoy segura que todo lo que te pasa es por culpa de un hombre, un mal amor o un “estúpido”, que no supo valorarte y apreciarte. Así que, despierta y a partir de ahora te invito a divertirte y vengarte de ellos. Pues ellos no son como nosotras.
Nosotras somos cursis, romanticotas y eso no le agrada a estos… muchos de ellos solo quieren sexo y punto; y si le hablas de amor, matrimonio o familia huyen.
¡Ven!
¡Levántate y sonría! no vale la pena que derramemos una sola lágrima por ellos, pues si nos ven llorando se burlan creen que fingimos para atraparlos o engatusarlos.
¿Qué saben de sentimientos? Sólo saben de sexo…
Magnolia hablaba incansablemente, como si a ella también le había pasado algo terrible. Quise preguntarle ¿Por qué tenía ese concepto de los hombres? Pero no me atreví, solo atiné a escucharla y mirarla como descargaba una tremenda furia con sus palabras que le salían desde el fondo de su ser.
- Hoy, empiezo a trabajar, dijo más calmada.
- ¿Dónde? Dije sin más…
- En mi nuevo local, es un “Pub” maravilloso, el local está excelente, además es grande como mi corazón, replicó toda coqueta. Es un local de diversiones, hay buena música, pura música “selecta” de lo mejor, además “buenos clientes” enfatizó. Todos con dinero, misios allí no tienen espacio. Si deseas tú también puedes empezar a trabajar hoy mismo conmigo y serías mi mano derecha y la más engreída…¡Vamos! Acompáñame te vas a divertir. Dijo haciéndome un ademán con sus manos que dejaban ver claramente sus uñas largas, bien pintadas y decoradas.
Un tanto inquieta y curiosa por las palabras de Magnolia decidí acompañarla, para conocer y saber cómo realmente era ese bendito local del cual hablaba con tanto entusiasmo. Sobre todo eso de la música me llamó poderosamente la atención, nunca había ido a una fiesta social y menos a una discoteca o un “Pub” como ella decía.
Después de ponerme un vestido escotado de color negro, como mi alma y dejarme maquillar el rostro ligeramente, salí con ella rumbo al famoso local. Este tenía unas palmeras a la entrada, las puertas ya estaban abiertas, al interior en las esquinas dos maceteros con plantas de hojas anchas y de varios colores irradiaban frescura y vida. Al fondo brillaban las luces multicolores, las paredes decoradas, las mesas, las sillas y todo cuanto había allí era especial. Te llenaban de alegría, en todo el sentido de la palabra el ambiente era grato y relajante
Durante el tiempo que estuve allí, sentí una sensación de estar en el paraíso o en la gloria otra vez.
Yo seré la reina en este lugar, me dije.
El lugar era fascinante y todo estaba listo para la inauguración. Los globos grandes de diferentes formas y colores; las serpentinas; las pica picas, los silbatos para alegrar la noche irradiaban una gran alegría que hasta el corazón más destrozado se curaba mágicamente.
Los clientes ya estaban llegando todos alegres y bien vestidos algunos en ropa sport y otros muy elegantes. Todos llegaban con una sonrisa en los labios, cantando o silbando, nadie venía triste ni tenía por qué sentirse triste. Todo estaba diseñado y organizado para divertirse, alegrarse y tomar hasta olvidarse de todo y de todos.
Con el nombre de “Soledad” empecé una nueva vida, al lado de Magnolia. Lo que pasó después, para llegar hasta como estoy ahora…
Te contaré en otra oportunidad, pues ya es tarde y tengo que terminar de vender todo esto, porque sino termino de vender, hoy no como.
Es muy triste no tener una madre y muchos que tienen no saben valorarla. Agregó queriendo llorar una vez más.
- ¡Adiós señorita! Me dijo con su dulce sonrisa y su carita de alivio.
Yo quise que continuara narrándome su historia, sentía tantas ansias de seguir escuchándola, pero comprendí su prisa y le dije
- ¿cuándo vuelves? ¡Vuelva pronto!
- La próxima semana, como a las ocho de la mañana ¿Te parece bien?
- ¡Sí! Contesté emocionada por la intriga.
- Tú me inspiras confianza, me dijo. Nuevamente con su voz triste y continuó: Tal vez mi hijo o hija, hoy tuviera tu edad y si estaría vivo o viva de seguro que me escucharía. Te veo otro día ¡Adiós preciosa! Dijo con voz dulce, delicada y maternal.
Aquella voz del primer momento que llenó de imaginación mi mente y me incitó a escribir. Desde que nos conocimos y que gracias a esa voz la saludé y la invité a pasar a mi oficina para que descanse un momento porque se le veía muy cansada.
Sin embargo fue una conversación conmovedora pero a la vez muy entretenida.
Un poco desconfiada al principio, pero, según transcurrían los minutos se sintió en confianza y sinceramente fue una charla de recuerdos que matan y que a la vez fortalecen.
Pero mi mente ahora estaba llena de preguntas
¿Qué más le habrá sucedido?
¿Por qué llegó a tal extremo una mujer hermosa?
¿Cómo me sentiría si tuviera una hija así como Remy o Soledad?
¿Qué puedo hacer para aplacar tanto dolor en el ser humano?
¿Cómo puedo solucionar el problema d…? Una y mil preguntas más quedan ahora latentes en mi mente.
Espero que la próxima semana vuelva nuestra protagonista, Remy, a quien, aún conservo en mi mente con gran nostalgia, para seguir narrándome sus recuerdos. Mientras tanto si usted está con la intriga al igual que yo. Elevemos una oración por cuantas mujeres han de estar en esta situación. ¡Que Dios las bendiga! Por el privilegio de un nuevo amanecer y un día maravilloso. “bendito sea el hombre que afronta con sabiduría y valor su responsabilidad”.



























II PARTE

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